Fidel es un país

Fidel es un país
____________Juan Gelman

jueves, 17 de diciembre de 2015

Otilio Galindez: alumbrando pueblos tristes

Y esa luna que amanece
alumbrando pueblos tristes,
qué de historias, qué de penas,
qué de lágrimas me dice.
Dos voces me susurran en la oscuridad del cuarto, estoy acostado; es una noche cualquiera de 1981, el disco de placa gira bajo la aguja de un tocadiscos de maletica; la bocina (su tapa) la tengo tras mi cabeza en la cama. Cantos venezolanos y cubanos se entrelazan en el canto de Lilia Vera y Pablo Milanés. Por entonces poco sabía de aquel pueblo, salvo algunos escritos de José Martí sobre su llegada a Caracas, y ese llegar ante la estatua de Bolívar antes de preguntar siquiera dónde comer algo; lo primero llorar ante el Libertador, como juramento de no abandonar el sueño de unirnos todos. 

Duerme mi tripón
vamos a engañar la lechuza
y engañar al coco
que ya no asusta.
El sueño y la realidad se funden en la más pura y humilde poesía: una guitarra, un cuatro, algún que otro instrumento de viento, un arpa, alimentan la imaginación. Tengo apenas 20 años y estoy deslumbrado, como alimentándome de preguntas que nunca me había hecho, sobre la vida, los pueblos, las penas de los pobres de la tierra, dónde me puedo colocar en el universo, hacía donde caminar… Lilia y Pablito me cantan al oído, como arrullándome, tiernamente, en esta nana: 
Duerme mi tripón
que mañana el sol
brillara en tu cuna
y te contará
como fue que un día
perdió la luna.
La vida fue transcurriendo hurgando entre los caminos de aquellos cantos; y hasta suertes insospechadas me daría, como la de llegar a Caracas y acudir a Bolívar sin sacudirme el polvo del camino, hacer amigos tan entrañables como un “hasta la muerte” sin sombra de dudas; tener un encuentro con Lilia Vera, y hasta hablar algo con ella. Siento ahora que mi timidez me impidiera decirle todo lo que representaba su canto para mí; pero igual, me siento premiado por aquel encuentro de escritores en el festival Mundial de la Juventud en Venezuela, donde la vi cantar como quien dice a mi lado.  
Duerme mi tripón
ya se fue la tarde cansada
y llegó la noche
fresquita y muda.

Duerme mi tripón
abrirá tus ojos
la luz del alba
y te enseñará
ríos y caminos
y la montaña.

Uno de los descubrimientos de aquel disco fue el nombre del autor de dos piezas de especial hondura filosófica, “Mi tripón” y “Pueblos tristes”, solo un nombre entonces Otilio Galindez.
Quedar sin tu mirada vespertina
será morir un poco cada día
Sentirse muy ajeno a este sol, a este sol
será cual despedir la primavera

Por qué tan breve fuiste mariposa
que apenas un poquito de tu vuelo
le dio de su amarillo a mi paisaje.
Otilio Galíndez nació el 13 de diciembre de 1935, en Yaritagua, estado Yaracuy,Venezuela. Murió el 13 de junio de 2009. De pequeño se mudó hacia Caracas y allí la situación familiar lo llevó a  trabajar como limpiabotas y vendedor de billetes de lotería. Sus padres, al ver su pasión por la música, le  animaron para que se dedicara a ella.
A los 18 años, en el servicio militar obligatorio, empieza a escribir versos, a su madre, a su pueblo, a la vida que estaba al otro lado de lo que él sintió como un injusto presidio. También hace sus primeras canciones que más tarde descarta por no considerarlas con vuelo poético suficiente. 
Caramba, mi amor, caramba,
lo bello que hubiera sido
si tanto como te quise
así me hubieras querido.

Caramba, mi amor, caramba,
pasar este invierno triste
mirando caer la lluvia
que tantas cosas me dice.
En 1957 ingresa como empleado de la Universidad Central de Venezuela, cargo que se convertiría en el trampolín con el cual llegar hasta el Orfeón Universitario, donde realiza sus verdaderas primeras composiciones.
¿Qué me aguardará este día,
solecito mañanero?

¿Quién me busca?
¿Quién me añora?
¿Quién me espera?

¿Será el rufián de mi abuelo
contento y amanecido?

¿Será el amor de mi vida
que al fin acude a mi ruego?

¿O tal vez
una aventura de marinero?
La obra de Otilio Galíndez es tomada por casi todos los intérpretes venezolanos desde mediados del siglo XX, como Lilia Vera, Cecilia Tood, Simón Díaz, Soledad Bravo, y por muchos artistas internacionales como Pablo Milanés, Amaury Pérez y Mercedes Sosa. Otilio Galíndez formó parte del Orfeón Universitario de la Universidad. Desarrolló una importante labor creativa en la coral de la Compañía Anónima Nacional de Fomento Eléctrico, CADAFE, donde compuso muchas canciones que se han convertido en verdaderos emblemas de la música tradicional; parrandones y aguinaldos que año tras año acompañan al pueblo venezolano en sus fiestas decembrinas.
Vamos a Belén, muchachas,
que allá hay una linda
estrella que brilla,
alumbra el camino.

Campanita que en diciembre
se la pasa resonando,
muéstrame el camino
que yo ando buscando
porque ya nos vamos...
Nunca cobró por la autoría de ninguna de sus obras, que llegaron a ser plagiadas y hasta vendidas por grandes comerciantes de la cultura nacional y extranjera. Supo de la felicidad que está en la sencillez, de la vida en armonía con la naturaleza, en el placer de darse a los demás.
En una entrevista que le hicieron, sobre el origen de su canto, el maestro respondió:
…las canciones que mi mamá cantaba y que aún canta, tienen una gran categoría, un buen gusto, son exquisitas... yo no sabía que en realidad mi mamá me estaba dando una clase de estética, además del placer de la música diaria. Vino otra mujer hermosa, tan hermosa como ella, fue la madre naturaleza: los ríos, los montes, los campos, la gente, los árboles, las matas, las flores, todo eso que ayudó a mi mamá cuando estaba pequeña también me ayudó a mí... eso es lo primero que a uno lo asombra y que uno ama, la madre y la naturaleza.
Mañana que vas llegando
rayito de sol que siento
llévame por la sabana
llévame sabana adentro
mañana que vas llegando
rayito de sol que siento.

Flor de Mayo, Flor de Mayo, Flor de Mayo
no eres tan brava como Mariposa.
Flor de Mayo, Flor de Mayo.
Hombre sencillo de su pueblo, de especial sensibilidad y esa agudeza filosófica de quien estudia la naturaleza escudriñando desde el amor; hombre culto de gran espiritualidad que observa con mirada microscópica las moléculas del alma del prójimo y la suya propia; hombre que padece cada dolor del mundo, y que quiere darse a los demás. Otilio Galindez le cantó al universo escudriñando en su terruño.
No puede borrarse el canto
con sangre del buen cantor
después que ha silbado el aire
los tonos de su canción.

Los pájaros llevan notas
a casa del trovador;
tendrán que matar el viento
que dice lucha y amor.
Tal vez se cantaba de alguna manera a sí mismo, cuando compuso esta canción “Víctor” dedicada al chileno Víctor Jara, asesinado en septiembre de 1973 en el Estadio Nacional de Chile, por los fascistas de Augusto Pinochet tras el golpe militar que derribó al gobierno Popular del presidente Salvador Allende.  
Tendrán que callar el río,
tendrán que secar el mar
que inspiran y dan al hombre
motivos para cantar.
Entre sus obras resaltan “Flor de Mayo”, “Caramba”, “La Restinga”, “Pueblos Tristes”, “Mi tripón”, “Luna Dicembrina”, “Víctor”, “Ahora”, “Son chispitas”, piezas armoniosas, llenas a poesía y a veces de un humor delicioso. Cuentan que una vez, una señora amable y muy bella, se le acercó a Otilio y le dijo: “Otilio: nunca te había oído cantar tan bien”, y Otilio, con una sonrisa de muchos cielos, le respondió: “Es que nunca me habías oído cantar tan borracho”.
Tendrán que parar la lluvia,
tendrán que apagar el sol,
tendrán que matar el canto
para que olviden tu voz.

 “Pueblos tristes”. La escuché en una noche de los 80, en un disco de placa, donde se encontraban, como abrazo de Venezuela y Cuba, Lilia Vera y Pablo Milanés. La viví una y otra vez en el cuarto, con la luz apagada... vi el pueblecito polvoriento, pobre, de ese rincón impreciso de mi América, entonces distante. Lloré, quise extender mis manos en la penumbra, ayudar sin saber a quién, ni exactamente dónde, sencillamente, escuchando o viendo a un perrito flaco, entre la bruma, moría de la necesidad de abrazar a alguien, o a muchos. Años después subí con Adrián, Dayana, y otros amigos venezolanos, a los Cerros de Caracas, caminé horas entre aquellas casas como cajitas de fósforos tiradas al azar, encima o al lado una de otra, sin orientación ni orden; rostros humildes, destellando esperanza bolivariana entre aquellos senderos polvorientos, y vi a ese perro que es puro hueso… En uno de aquellos rincones hasta entonces olvidados de dios, una casita blanca de dos plantas, y blanca también la bata de la muchacha que nos abrió con cierto recelo la puerta. Algo temerosa, extrañada de ver forasteros por esos parajes, nos invitó a pasar. Sonrió solo cuando encontró en mí el acento de su tierra. Era una doctora cubana allí donde el diablo dio las tres voces, y me rondó nuevamente aquella canción de Otilio, y extendí mis manos como aquella primera vez, y volví a llorar ahora de admiración por aquella mujer, que ayudaba sin preguntar a quién, sencillamente curando, como luna que amanece alumbrando pueblos tristes.

Pueblos tristes  

Autor: Otilio Galindez

cantada por Otilio Galindez

cantada por Mercedes Sosa

Qué piensa la muchacha que pila y pila,
qué piensa el hombre torvo junto a la vieja,
y qué dicen campanas de la capilla
en sus notas, qué tristes, parecen quejas.

Y esa luna que amanece
alumbrando pueblos tristes,
qué de historias, qué de penas,
qué de lágrimas me dice.

En el fondo hay un santo de a medio peso,
una vela que muere en aceite sucio.
Más allá, viene un perro que es puro hueso
con ladridos del hambre que Dios le puso.

Y esa luna que amanece
alumbrando pueblos tristes,
qué de historias, qué de penas,
qué de lágrimas me dice.

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