
Este viernes 20 de julio se nos ha muerto —como del rayo— Bonachea. Lo guardo como un gran amigo, aunque no fueron muchas las oportunidades de compartir (personalmente) sueños. Muy especial amigo el Bona, por la intensidad con que su espíritu me robó desde aquellos días en que, escalando el Turquino, un grupo de creadores hicimos una especie de pacto de sangre. Debí aprovechar más su amistad (uno vive creyéndose eterno) y no dejar para cuándo tenga un tiempo algunas visitas —las que ya no podré hacer. Cada instante cerca de él era aprender y mejorar, es de esos seres que no necesita siquiera hablar para que uno se sienta en su esplendor la poesía. Ahora repaso los momentos que disfrutamos, y fueron tan pocos… algunas exposiciones o descargas de amigos, en las que acaso hicimos algún aparte, o apenas un abrazo y un puñado de palabras. Muy marcada tengo aquella vez que se reunió en su casa La Columna Infinita (así nos llamamos los de aquella aventura en que las amasamos el arte y las almas por diversos rincones del país). En medio de la fiesta, subimos a su estudio, a tejer ideas y cazar bromas, a desgranar un poco la realidad de la isla y el universo, utopías que iban todas enfilando su proa hacia un perenne destino: ser útil. Tampoco es que habláramos tanto, pero se develaba ante mí su mundo, todo un reino de animalejos nobles, pícaros lagartos, seres alados que circundan a una mujer cándidamente desnuda, naturaleza espléndida que acaricia con su brisa y su luz ausentes de odios, de rencores, de ambiciones que no sean las de extender las manos dadoras. En el trono estaba sentado, vivo, natural, inevitablemente sabio, José Martí.