Revista mensual 197, julio 2001 |
No esperes que vuelva... que no me iré nunca. Así reza un trovador amigo y esa canción me lleva a ti. Un día mi pluma dejará de levantarse; mi alma o mi cuerpo (o ambos) serán devorados por la ye de la vida. En todo caso, antes de la costumbre, cesarán estas líneas pero no lo sembrado. No huelas despedida, solo quiero que sepas que ni siquiera una ausencia eterna contendría mi olvido. Es curioso: sin verte, sin escucharte, tan solo con esa silueta imaginada —y que ya sé que una vez me ha bebido—, tengo suficiente para adorar el espíritu del que me dotas. Tu buena fe, coronando este instante, la tengo tan adentro que es ella, en el fondo, quien le otorga la existencia a...El Diablo Ilustrado
Dime de qué te jactas y te diré de qué careces, reza la sabiduría popular para aquel que lleva puesto un antifaz. Los que alardean de algo, por lo regular, esconden —al menos en ese sentido— un complejo de inferioridad. El ser seguro de sí mismo no suele echarle en cara a los demás sus virtudes. Alguien dijo que el carácter es lo que somos en la oscuridad, pensando quizás en ese momento de introspección, de diálogo con uno mismo, en el que mostramos nuestro verdadero rostro, ese que está más allá de las dotes histriónicas que frecuentemente demostramos a quienes nos rodean; a veces con las mejores intenciones de agradar, otras, con el turbio objetivo de engañar o confundir, o provocar una admiración fraudulenta en el interlocutor.
Dime de qué te jactas y te diré de qué careces, reza la sabiduría popular para aquel que lleva puesto un antifaz. Los que alardean de algo, por lo regular, esconden —al menos en ese sentido— un complejo de inferioridad. El ser seguro de sí mismo no suele echarle en cara a los demás sus virtudes. Alguien dijo que el carácter es lo que somos en la oscuridad, pensando quizás en ese momento de introspección, de diálogo con uno mismo, en el que mostramos nuestro verdadero rostro, ese que está más allá de las dotes histriónicas que frecuentemente demostramos a quienes nos rodean; a veces con las mejores intenciones de agradar, otras, con el turbio objetivo de engañar o confundir, o provocar una admiración fraudulenta en el interlocutor.