Alguien me dijo el otro día, “estoy siguiendo la serie de trabajos que estás tirando sobre el reguetón,
te van a matar en la calle". Bromeando le dije que tenía guardaespaldas (increíble, pero en Cuba hay músicos con guardaespaldas desde hace rato –supongo que desde la mediocrísima película con Kevin Costner y Whitney Houston). El reguetón no es el problema, no porque no sea problema sino porque es un simple elemento en un sistema de opresión espiritual montado globalmente para domesticarnos. El “susodicho” forma parte de una enrarecida atmósfera con que los mercaderes nos timan para tenernos dóciles, y, lo peor, es que ese arte en función de los poderosos viene disfrazado de “arte rebelde” que nos representa a los pobres de la tierra; nos hacen creer que el collar del grillete es la joya que nos distingue. El problema no es el reguetón, cuando empiece a pasar de moda le buscarán una variante (que no será para nada mejor) es como la ropa o los autos, se trata de un objeto de mercado más.




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